Biografía 5/7


QUINTA PARTE:


CONTINUACIÓN DE LA CARRERA MILITAR



En Enero de 1977, Miguel Krassnoff ascendió al grado de Capitán. Al mismo tiempo, fue autorizado para preparar el examen de ingreso a la Academia de Guerra, rindiéndolo en Septiembre de tal año. De este modo, desde Diciembre de 1976, se desligó de la Dirección de Inteligencia Nacional. Jamás, en el resto de su carrera militar, le correspondió volver a desempeñar, ni siquiera tangencialmente, actividades de inteligencia ni combate antisubversivo.
Durante los años 1978, 1979 y 1980, fue alumno del Curso Regular de Estado Mayor, siendo destinado, tras su egreso, como Comandante del Batallón de Cadetes de la Escuela Militar. Paralelamente, mantuvo contacto con la Academia de Guerra, cumpliendo las funciones de profesor en las cátedras de Táctica de Operaciones y de Informaciones.
Tanto el puesto de mando en la Escuela como la labor docente en la Academia , revestían de una gran significación. Por una parte, el Comando del Batallón de Cadetes, sin ser un puesto en una unidad de combate propiamente tal, es, dentro de la mentalidad castrense, seguramente el mando más honorífico que un comandante puede tener. Por otra, el ser designado profesor de la Academia casi junto con egresar de ella, significa pasar, en sólo un año, del pupitre de alumno al de profesor. En la práctica esto significó, debido al sistema de ingreso a la Academia, que muchos de sus alumnos eran oficiales más antiguos o compañeros de curso.
El año 1983, es comisionado por el Ejército de Chile a la Escuela de Comando y Estado Mayor del Ejército del Brasil, ECEME, para integrar, a modo de intercambio académico, el curso de Estado Mayor. En tal representación cumplió un destacado rol, sobresaliendo entre los más de 20 oficiales no brasileños que integraban el curso. Dentro de este grupo, proveniente de los Ejércitos de Europa, Asia, EE.UU. y Latinoamérica, fue uno de los cuatro seleccionados para exponer públicamente su tesis de grado.
Durante su permanencia junto al Ejército de Brasil, fue condecorado con la medalla “Al Pacificador”. Esta distinción es uno de los mayores galardones a los que pueden optar los oficiales de ejércitos de países amigos del Brasil.
En los años 1984 y 1985, al Mayor Miguel Krassnoff le corresponde prestar servicios en el Cuartel General de la V División de Ejército, en Punta Arenas. En tal destinación, es ascendido al grado de Teniente Coronel.
El año 1986, es destinado a la Jefatura de Estado Mayor General del Ejército, en Santiago. Posteriormente, asume como Subdirector de la Escuela Militar. Al finalizar el año 1987, es designado como Comandante del Regimiento de Infantería Nº 8, “Tucapel”, con asiento en la ciudad de Temuco. En tal puesto permanecerá hasta principios de 1991, correspondiéndole enfrentar la entrega del Gobierno Militar y el inicio de la transición.
Como Jefe Militar de Plaza, actúa en el desarrollo del Plebiscito de 1988 y en las Elecciones de 1989, continuando al mando del regimiento durante el primer año del gobierno del Presidente Patricio Aylwin Azócar. En estas responsabilidades, cumpliendo su cometido con absoluta normalidad, obtuvo el afecto, respeto y reconocimiento, no sólo de sus subalternos, sino que de la ciudadanía y autoridades de la IX Región de la Araucanía en general. En efecto, durante este primer gobierno democrático tras el Gobierno Militar -presidido por Patricio Aylwin- se le nombró Hijo Ilustre de la Región de la Araucanía (IX Región del País).
A partir de 1991 y hasta 1993, es destinado como Jefe de Estado Mayor de la IV División de Ejército, con sede en la ciudad de Valdivia. Desde 1994 y hasta 1998, como Brigadier de Ejército, cumple sucesivas destinaciones en el Estado Mayor General del Ejército, en Santiago. Allí desempeñará y ocupará secuencialmente los puestos de Secretario de Coordinación de la Dirección de Instrucción (hoy Dirección de Educación del Ejército) y de Secretario de Coordinación de la Dirección de Operaciones. En este último cargo, al ver postergadas definitivamente sus legítimas aspiraciones de acceder al grado de General, presenta voluntariamente su petición de retiro.

EL REENCUENTRO CON LOS KRASNOV

No fueron su capacidad, calidad profesional y carrera militar lo que lo obligaron a adoptar esta decisión. Muy por el contrario, estas han sido siempre ampliamente reconocidas. Sin embargo, los sucesos acaecidos desde principios de los 90, se presentaron como un elemento demasiado complejo. Por una parte, le dieron a conocer aspectos para él hasta entonces desconocidos de su propia historia. Por otra, lo obligaron a enfrentar los ataques de venganza de la misma ideología que había asesinado a sus ancestros. De este modo, en un proceso que aún no concluye, ha tenido la oportunidad de reivindicar la memoria de su padre y de sus abuelos, pero a cuenta de su propio sacrificio. A esto se hacía referencia cuando en las palabras iniciales de este escrito se hablaba del sino de los Krasnov.
En las dos décadas que median entre los 70 y los 90, Miguel Krassnoff Martchenko estuvo relativamente desligado de su historia personal como cosaco. En especial desde 1972, año en que falleció su abuela materna. En su fuero interno, se sabía inmigrante, recordaba vagamente las viejas historias de las estepas rusas, pero su vida había transcurrido por cauces, creía él, demasiado diversos a aquellas viejas historias heroicas. En definitiva, debido al absoluto mutismo de su madre sobre estos temas, con la muerte de su abuela se había perdido el eslabón que lo unía con esa parte de su vida.  
A principio de los años 90 se comienzan a producir, sin embargo, una serie de hechos que lo obligan a reencontrarse con su pasado, que lo hacen investigar al respecto. Con la perspectiva de los años, estos hechos le vienen a mostrar que su historia no es la de un inmigrante ruso en los confines del mundo, sino, es la continuación trágicamente lógica, a la vez que gloriosa, de la historia de los nobles Atamanes Cosacos Krasnov.
Por otra parte, el hecho que Miguel Krassnoff viviera en el desconocimiento preciso de su pasado, no significa que la historia no supiera de su existencia.
La familia Krasnov, tal como todas las familias aristocráticas de la Rusia Zarista , fue, durante el Siglo XX, un objetivo político permanente de la inteligencia comunista soviética. En los años más crudos de la Guerra Fría, los gobiernos comunistas de la URSS tuvieron siempre presente que uno de sus principales enemigos eran, precisamente, los descendientes y sobrevivientes de las víctimas de las masacres por ellos cometidas en su avenimiento al poder y en los años posteriores, hasta su consolidación tras la II Guerra Mundial. De hecho, en 1961 es asesinado en Argentina, mediante envenenamiento, el Cosaco Nicolás Nicolaivich Krasnov, primo hermano del padre de Miguel Krassnoff Martchenko.
Nicolás Nicolaivich Krasnov era uno de los últimos sobrevivientes de los Gulag de Siberia  y el único de los Krasnov que se libró de ser colgado en la Plaza Roja de Moscú en 1947. Previo a su asesinato, escribió el libro titulado “Inolvidable”. En él narra los momentos más trágicos del aniquilamiento de los cosacos en manos de los soviéticos tras su entrega por las tropas inglesas al mando del General Alexander luego de la Conferencia de Yalta.
Se ignora el grado de conocimiento que la inteligencia soviética tuviera de Miguel Krassnoff Martchenko. Los contactos entre los grupos subversivos y terroristas chilenos con los gobiernos de Cuba y de los países tras la Cortina de Hierro, es un hecho abiertamente admitido. Por lo mismo, es evidente que debe haber llamado la atención de la inteligencia comunista el hecho que uno de los Oficiales que participaba en la guerra antiterrorista tuviera un apellido tan atípico. Aún más,  que fuera precisamente este Oficial el que tuvo determinada injerencia en la neutralización del MIR, uno de los más connotados grupos subversivos. A esto es necesario agregar otros antecedentes, como, por ejemplo, las conexiones existentes entre la actual izquierda chilena y quienes formaron parte de los grupos subversivos antes, durante y después del gobierno de la Unidad Popular. Un caso significativo al respecto es el hecho que el actual marido de Manuela Gumucio, la viuda de Miguel Henríquez, sea el Senador socialista y también ex integrante del MIR, Carlos Ominami. Al considerar estos elementos desde una perspectiva global, no resulta extraño lo acontecido con don Miguel Krassnoff durante la década de los 90 .
En dicha época se producen en forma paralela dos procesos que, siendo totalmente distintos, convergen en un mismo punto. Tras él, Miguel Krassnoff Martchenko logra asumir, luego de más de cuarenta años, que su vida no es más que la continuación de la historia de su padre y sus antepasados. La carga hereditaria de los nobles Cosacos reaparece en Chile medio siglo después de la muerte del último Atamán en la Plaza Roja de Moscú.
El primero de estos procesos, es privado. Su resultado es un reencuentro de don Miguel con su pasado Cosaco. Es un paulatino redescubrimiento de sus raíces. Es el orgullo de corroborar aquellas viejas historias contadas por su abuela. Es el develar la verdad acerca de la llegada a Chile de su madre con un pequeño niño en los brazos; de los últimos tiempos en Europa; de su nacimiento, casi contemporáneo  con la infame muerte de su padre.
El segundo, es público. Es el que se produce tras la entrega del gobierno por parte del General Augusto Pinochet Ugarte y el inicio, o la reapertura, de una serie de procesos judiciales que persiguen la responsabilidad por los terroristas muertos durante el Gobierno Militar. Sobre esto último, la prensa ha dado una gran cobertura noticiosa. Sin embargo, como sucede en todo juicio contaminado con elementos políticos, lejos de buscar la responsabilidad penal, se ha buscado la responsabilidad política. De paso, se han omitido o violado todas las reglas procesales aplicables. Al fin, el objetivo, lejos de hacer justicia, es determinar supuestos culpables prescindiendo de la verdadera responsabilidad histórica por la violencia desatada en los años 70. Lo anterior alcanza especial importancia al considerar que Chile, así como fue el único país en que los comunistas llegaron al poder por vías democráticas, fue también el primero capaz de derrotarlos. Y más aún, ha sido el único en que un gobierno militar de facto logra realizar tal transformación estructural que lo convierte en un modelo económico para todo el resto de los países en vías de desarrollo.
El redescubrimiento de la historia familiar de don Miguel Krassnoff se produce a partir del fallecimiento de su madre, en 1992.  Es esos años, el Coronel Krassnoff era el Jefe de Estado Mayor de la IV División de Ejército, con asiento en Valdivia.
Cuando le comunicaron la muerte de su madre, viajo a Santiago de inmediato. Tras el funeral, se dio a la tarea de ordenar y organizar las cosas que la señora conservaba en su casa. Entre los cuadros que doña Dhyna Martchenko conservaba con más cuidado, había uno al que don Miguel le asignaba mucha significación, a pesar de su escaso valor económico.  Era un dibujo que él había hecho cuando niño. Un dibujo a lápiz confeccionado en la preparatoria. A pesar de sus discutibles atributos artísticos, la señora había decidido enmarcarlo y, desde esos años, lo había mantenido siempre en un lugar principal de su casa, donde pudiera mantenerlo siempre a la vista.
A María de los Ángeles, su esposa, quien lo acompañaba en tales tareas, le llamó especialmente la atención este cuadro. Opinó que al ser un dibujo hecho por su marido en la infancia, era ella quien debía conservarlo. Al descolgarlo, se dan cuenta que era mucho más pesado de lo previsible para un dibujo infantil hecho en cartulina. Por lo mismo, procedieron a sacarlo del marco.
Detrás del dibujo descubrieron entonces una fotografía de treinta por cincuenta centímetros doblada por la mitad. En ella, en blanco y negro, aparecía su abuelo, el Gran Atamán Pedro Nicolás, recibiendo al Zar durante unas maniobras militares, previas a la Primera Guerra Mundial. En su parte de atrás, aparecía una dedicatoria a puño y letra a la novia de su hijo, doña Dhyna Martchenko. Esa foto, escondida durante décadas, era lo que la señora veía cada vez que  observaba el dibujo de su hijo, ignorante él de todo su significado. Para ella, no sólo era el recuerdo de la Rusia Imperial. Más que eso, ese obsequio recibido en los años de exilio, habiendo los zares muerto hace ya mucho, en momentos en que su futuro marido, su suegro y todas sus relaciones luchaban por liberar a los rusos de la opresión comunista, era también un grito contestable de resistencia.
También, entre los documentos y cosas dejadas por la señora, don Miguel y su esposa encontraron réplicas de  las medallas militares de su padre y abuelos. En fin, hallaron lo poco que ella había podido rescatar en su huida desde Europa y que conservaba como único vínculo con su pasado aristocrático y heroico. Descubrieron todo ese trozo de historia que la señora, pensando en el bien de su hijo, había ocultado de su conocimiento. Con tal hallazgo, se inicia el reencuentro de don Miguel Krassnoff con su pasado cosaco. Si desde la niñez había tenido siempre la inquietud por adentrase en aquellas historias colmadas de claves contadas por su abuela, recién ahora estaba en condiciones de descifrarlas y asumir su rol. 
En esa misma época, quizá un poco antes, se había iniciado el segundo proceso, contemporáneo y tal vez coherente y convergente con el anterior. Tras el retorno a la democracia, los deudos de los caídos del bando izquierdista durante el Gobierno Militar, la mayor parte de ellos de protagonismo político, comienzan a presentar acciones judiciales, acompañadas de gran publicidad. En casi todas ellas, como querellado favorito, comenzó a aparecer el nombre de Miguel Krassnoff Martchenko. Más allá de los hechos que se solicitaba investigar, el nombrarlo se transformó en una cláusula típica. El entonces Coronel Krassnoff, Jefe de Estado Mayor de la IV División de Ejército, comienza a hacerse conocido ante la opinión pública.
El punto culmine al respecto se produce a mediados de Octubre de 1992, cuando es citado a comparecer ante la Corte de Apelaciones de Santiago. Aquella primera citación tenía por objeto el que tomará conocimiento de una cierta resolución judicial. Presintiendo de qué se trataba, pero ignorando el contenido preciso de aquella citación, concurrió a los tribunales luciendo con gallardía su uniforme militar. No era él el primer Oficial en ser citado a los tribunales, pero sí el primero que concurría de uniforme.
Este hecho llamó la atención de la prensa. A pesar de no entenderse o peor aún, de mal interpretarse el significado de tal actitud, se le dio una amplia difusión. Comenzaron a aparecer las voces que lo acusaban de soberbia y altanería, voces políticamente cegadas, incapaces de comprender que tal acto, lejos de significar aquello, tenía un matiz muchísimo más profundo. El Coronel Krassnoff era en ese entonces, como hoy día, un hombre tremendamente orgulloso de su profesión militar. La carrera de las armas, lejos de ser un oficio más, era para él como una verdadera religión, más aún, una forma de vida que inconscientemente, siguiendo la vocación de su sangre, había abrazado desde antes de nacer incluso. Por lo mismo, el vestir el traje militar era ocupar el atuendo más sagrado que poseía, era el uniforme de la Patria. Era decir, “Mire, sea lo que sea lo que yo haya hecho, bien o mal, lo hice en el absoluto convencimiento de estar cumpliendo con mis deberes militares. Ahora, que me piden que responda por ello, lo hago. Si debo presentarme a la justicia, pues me pongo a su disposición. Sin embargo, esto puedo hacerlo de una única manera, como quien soy, como el Coronel Krassnoff. Por tanto, vestido con el sagrado uniforme que me identifica como tal.” Lo que parte de la opinión pública interpretó como una actitud de soberbia era todo lo contrario. Era precisamente la actitud de quien no tiene nada que ocultar. La de quien, en su fuero más interno, sabe que jamás ha violado los tan manoseados derechos humanos y que dentro de los turbulentos momentos a que se vio arrastrado por los avatares de la historia reciente de su Patria adoptiva, era absolutamente inocente. La de quien está dispuesto a responder por todos y cada uno de sus actos.
A causa de este revuelo, el diario El Mercurio publicó, en su siguiente edición dominical, una extensa nota biográfica de don Miguel. Impresiona la exactitud de los datos y antecedentes entregados, pero más impresiona todavía el hecho de que jamás él fue consultado al respecto. Esto es, existía gente, quizá mucha, que conocían su historia antes y mejor que él mismo. Nunca se pudo tomar contacto con la periodista en cuestión, ni conocer las fuentes en que se había basado... Pero, allí estaba la historia, publicada en uno de los diarios de mayor circulación nacional.
Luego de este hecho, comenzó a llegar un cúmulo de información, tanto desde Chile como desde el extranjero. Asociaciones de cosacos en el exilio; tras la caída definitiva de la cortina de hierro, comunicaciones desde Rusia; con la reapertura de relaciones diplomáticas con los países de la ex Unión Soviética, comunicaciones de las mismas autoridades diplomáticas. De este modo, don Miguel fue reestructurando y redescubriendo su propia historia, hasta entonces bastante desconocida en sus detalles esenciales. Particular importancia tiene al respecto la entrevista que publicó el diario ruso “Izvestia” en Agosto del año 2002. Este medio, de amplia cobertura tanto en Rusia como en Europa y EE.UU., colocó en extenso y en la primera plana la entrevista al Brigadier Krassnoff. Es difícil de entender, en este sentido, que ella no haya sido recogida por la prensa nacional. En particular, considerando la importancia y trascendencia dada por el periódico ruso a tal publicación.